El ciclo que limpia y hace renacer

Por Ari ben Yoel, en honor de su Bar mitzvah

Gran parte de esta porción consiste en el canto de Mosheh Rabeinu hacia el pueblo de Israel, siendo su último día de vida. Invoca a los cielos y la tierra como testigos para que atiendan a su palabra y enseñanza.

En ella podemos sentir el dolor y la impotencia de nuestro Rab, al ver al pueblo desorientado, haciendo caso omiso a las palabras de Elokim. Generación tras generación se repetían los mismos errores de idolatría y frivolidades.
Sin embargo, como lo hemos visto plasmado en diversas situaciones de la Torah, el amor del Eterno es inmenso. Él ha perdonado al pueblo de Israel por todas sus faltas una y otra vez, aún hasta nuestros días; como si se tratase un ciclo de misericordia y bondad.

A pesar de las oportunidades que El Eterno nos ha dado, ha sido Justo para castigar a quien lo merece. (Devarim 32:4: “Él es la Roca, Su obra es perfecta. Todos Sus senderos son justos. Elokim Es fiel, nunca es desleal. Él es Justo y Recto”).

Resulta interesante encontrar que uno de los elementos más utilizados por HaShem, para iniciar un ciclo de renovación, es el agua. Cuando lo hace, marca tres etapas: limpieza, reestructuración y crecimiento.
Reflexionando al respecto, identifiqué estas etapas muy bien marcadas a lo largo de mi vida. Quiero aprovechar esta ocasión para describir cómo ha sido vivir este ciclo de limpieza y renacimiento.

Comenzaré definiendo los principales rasgos de personalidad que me definieron por casi toda mi vida. Desde pequeño me han catalogado como una persona madura, sagaz y responsable.
Al paso de los años comencé a desarrollar un pensamiento lógico, basado en pruebas tangibles y hechos impugnables, lo cual definió mi camino profesional y formé mi carrera como analista programador de sistemas informáticos.

Las decisiones tomadas por un programador siempre se resumen a un resultado binario: “Sí o No”.
El problema es resuelto: “Sí o No”. Se puede probar algo: “Sí o No”. Esta forma de pensar me moldeó, poco a poco, en una persona escéptica y con muy poca sensibilidad por mi entorno. Carecía de un lado espiritual y creía que nada ni nadie podía juzgar mis acciones o mis decisiones. En pocas palabras me sentía un ser superior e intocable.

Regí mi vida de esta forma por muchos años, sin pensar en las consecuencias de mis actos o mis palabras. Poco a poco sentía como me estaba convirtiendo en un ser siniestro, egoísta y altanero. Mientras pasaban los años, comenzaba a cuestionarme si este era un buen camino, y a dónde podría llegar si mantenía esa forma de vida por más tiempo.
Prontamente entendí que el problema siempre estuvo dentro de mí. A pesar de haber logrado mis metas, mis objetivos, y sentir cierta plenitud, algo me faltaba. Aunque me negaba una y otra vez, sabía cuál era la respuesta a esa inquietud.
Después de innumerables batallas internas, finalmente decidí encontrarme con mi lado espiritual, con la esperanza de poder llenar, al fin, ese vacío existencial que todo el tiempo me estaba punzando, haciéndose presente en cualquier momento.

Intenté hacerlo de distintas maneras, pero lo único que conseguí fue confundirme aún más, y encontrar más preguntas que respuestas.
Después de muchos intentos fallidos, ya había perdido la esperanza. Comenzaba a resignarme, y a hacerme a la idea de que siempre tendría que vivir con ese hueco interno.

Llegado a este punto, justo antes de abandonar cualquier esperanza, llegué a Bet Haderej. Aquí comencé a vivir la segunda etapa de este ciclo.

Al principio, y como era costumbre en mí, llegué con cierta reserva y sin muchas expectativas. Pero bastó solo una experiencia en Shabat, para darme cuenta de todo lo que podría aprender, y así encontrar lo que me hacía falta. Desde entonces, comencé a experimentar una auténtica metamorfosis en todos los aspectos de mi vida.

La primera fase de esta transformación comenzó con la destrucción de mis esquemas mentales. Mi forma de ver la vida, mis acciones y palabras fueron cambiadas, destruidas.
La palabra del Eterno se adentró en mi vida, como si se tratase de un diluvio que llegó para limpiar y erradicar todo lo que estuviese corrompido dentro de mí. Algo similar a los tiempos de Noaj (Bereshit 6:17: “Mira, voy a traer un diluvio de agua sobre la tierra para destruir de debajo del cielo todo ser que tiene en sí aliento de vida. Todo lo que está en la tierra perecerá”).

Fue un proceso complicado. Debo reconocer que despojarme de algunas cosas fue difícil. Abstenerme de ciertos alimentos, dejar de algunas cosas, pero principalmente entender que el séptimos día de la semana, es para dedicarlo al Eterno.

Casi de inmediato, comencé a sentirme parte de la Kehilah. Poco a poco fui conociendo la forma de vida que es el judaísmo. Me sentía distinto, como si me fuese convirtiendo en otra persona, en un hombre que entendía su propósito en la vida y que estaba en paz consigo mismo.
En algún momento me lamenté por no haber conocido al Eterno antes, pero gracias a la sabiduría de nuestras autoridades, comprendí que no fui llamado antes por Ado-nai, sencillamente porque no era el momento.

Comprendí que todos y cada uno de mis logros, no eran solo por mi esfuerzo y mi talento. Aun cuando en ese momento era inconsciente, HaShem me otorgaba Su bendición y protección. Entonces cuando sentí la necesidad de cumplir con las mitzvot descritas en la Torah.

Decidí, sin titubear un solo instante, comenzar con la mitzvah más importante para un varón: el Brit Milah [circuncisión].
Es importante mencionar que, hacer los mandamientos por cuenta propia y siendo un adulto, va más allá de pertenecer a un grupo o buscar la aceptación de ciertas personas. Es algo que debe nacer del corazón. El pacto con el Eterno no implica circuncidar la carne, significa aceptar la forma de vida judía y seguir las reglas de la Torah. La marca en la piel es signo de aceptación a esas leyes.

Realizar el Brit Milah significó un parteaguas en toda mi existencia. De alguna manera, renací en alguien temeroso de Elokim, alguien consciente en el desconocimiento de Su palabra; pero que al mismo tiempo intenta demostrarle su amor, aprendiendo y ejecutando ese conocimiento en la vida diaria. Renací dentro del pueblo con el nombre de Ari Yaakov ben Yoel.

Este nombre significa mucho para mí. Lo escogí en honor a nuestro amado Roeh, quien estuvo siempre pendiente de mi crecimiento espiritual, aconsejándome y disipando todas aquellas dudas que en su momento parecían no tener respuesta.

Él se convirtió en un padre para mí. No tengo palabras para expresar el agradecimiento al Eterno, por haberme permitido saber lo que se siente tener una figura paterna y la bendición de tener una familia tan maravillosa a mi lado.

Gracias a las enseñanzas de Bet Haderej, me adentré en la Torah. Se abrió ante mí como un arma letal contra el ejército de Mitzráim, cuando le permitió a Mosheh Rabeinu abrir el mar de Suf, y liberar a Israel del yugo egipcio (Shemot 14:26-28: “HaShem le dijo a Mosheh: ‘Extiende tu mano sobre el mar para que las aguas caigan sobre los egipcios, sobre sus carros y sobre su caballería’. Mosheh extendió su mano sobre el mar, y hacia la mañana el mar retornó a su estado de fuerza, mientras los egipcios huían hacia él. HaShem hundió los egipcios en medio del mar. Al retornar las aguas cubrieron los carros, la caballería y todo el ejército de Paroh que los perseguía en el mar. No quedó siquiera uno de ellos”).

Del mismo modo, no quedó duda en mí para amar a Elokim.
Agradezco cada día de mi vida, los logros y todo lo que tengo. Sé que nada de eso hubiese sido posible si Él no lo hubiera querido.

Así fue como Elokim me llamó. Tal y como está escrito en su Torah, Él derrama su amor y su enseñanza en forma de rocío, con el propósito de cubrir al pueblo elegido. (Devarim 32:2: “Mi enseñanza descenderá como lluvia, Mi parábola fluirá como el rocío, como tempestades sobre la vegetación, y como gotas de lluvia sobre los pastos”).

Shabat shalom!

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